Mejor que nada.

Nos mirábamos, no sabíamos qué hacer, qué decir, nada. Silencio, no era el típico silencio, era de esos que llenaban, de los que se recuerdan, porque supongo que todos alguna vez hemos estado en silencio sin sentir nada especial, pero ese era nuestro silencio. Nuestro. Estábamos a gusto y de repente surgió, natural, sin forzarlo, fue el beso más dulce que jamás me podrán dar, fue único, el comienzo oficial de algo que ya había comenzado desde aquella mirada que compartimos hace  no mucho. Míranos, quién lo hubiese pensado que estaríamos allí, en aquel lugar donde habíamos parado el tiempo a nuestro antojo, iba a ocurrir. Yo desde luego lo deseaba desde hacía bastante tiempo, lo había imaginado de mil maneras pero nunca de aquella, prefería nuestra manera que cualquier otra que hubiese imaginado, que se pareciese a esas películas que nos hacen llorar, fue mucho mejor, que cualquier cosa, que comer chocolate, que gritar en mitad de ninguna parte, que te abracen, mejor que cualquier mañana de reyes para cualquier niño, mejor que un atardecer, mejor que cualquier canción, mejor que cualquier droga, mejor que todo lo que había probado hasta ese momento.

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