Un grito de amor desde el centro del mundo.
—Pues, mira. Una persona, en la sociedad, desempeña una determinada
función de acuerdo con su capacidad. Y el dinero es la recompensa. Ahora,
piensa en una persona que tenga la facultad de enamorarse de alguien. ¿Qué
habría de malo en que le pagasen si esa persona se enamorara valiéndose de las
facultades que tiene?
—No lo sé. ¿No será que algo no vale si no es útil para todo el mundo?
—Pues yo pienso que enamorarse es lo más útil que hay.
—¡Y yo estoy pensando en casarme con un tipo que dice los mayores
despropósitos del mundo y se queda tan tranquilo!
—Por más que diga, la mayoría de la gente no piensa más que en sí misma
—proseguí—. Con que yo coma bien, vale. Con que yo pueda comprarme lo
que quiera, vale. Pero enamorarse de alguien significa pensar primero en el
otro. Si yo sólo tuviera un poco de comida, querría dártela a ti. Si tuviera muy
poco dinero, antes que comprarme algo que me gustara a mí, te lo compraría a
ti. Y, sólo con que tú me dijeras que estaba bueno, ya se me quitaría el hambre
y, si tú estuvieras contenta, también lo estaría yo. El amor es esto. ¿Crees que
hay algo más importante que eso? A mí no se me ocurre ninguna otra cosa. Las
personas que encuentran dentro de sí mismas la facultad de enamorarse hacen
un descubrimiento más importante que los que han ganado el Premio Nobel. Y
si no se da cuenta, o si no quiere darse cuenta, el ser humano es mejor que se
extinga. Que haya una colisión con un planeta, o algo por el estilo, y que
desaparezca pronto y las personas que, sólo porque tienen dos dedos de frente, se creen
mejores que los demás, ésos son unos imbéciles. A esos tipos me entran ganas
de decirles: «¡Pues mátate estudiando si es lo que quieres!». Lo mismo pasa con
ganar dinero. Quien sirva para eso, pues que no haga otra cosa en su vida. Y
con lo que gane, que nos mantenga a todos.

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